domingo, 12 de mayo de 2013


VENGANZA SIN MUERTE

A Laura Farina le quedaba una eternidad para seguir doliéndose por el cuchillazo atestado.
Una mujer que nunca nació porque siempre había existido. Una mujer que vio morir a tantos maridos que ya no lloraba, solo se le fundían por la fría melancolía. Se arrepentiría por siempre, pues la única flor que pudo ver le costaría la pérdida de un rastro milenario.
Laura Farina siempre fue la típica mujer que no decía lo que sentía, pues solo lo hacía cuando no quería hacerlo, pues siempre intento arrancarse el corazón a mordiscos pero se dio cuenta de que aquello le dolía. Hasta que hubo un momento de su vida en el que ese corazón le fue útil por darle armas contra el muro de la vida. Dicese, que de su historia, solo contaba las mejores anécdotas, sobre todo las que provocaba entre sus esclavos. Pero seguro que jamás hubo alguna batalla similar a la que mantuvieron Merlín y Melquiades, la cual ganaría al que le creciesen más altas y más fuertes las palmeras de sus huertos. Por supuesto, Melquiades, entrenado en más de una batalla similar supo que ya tenía perdida su particular batalla con Laura, y a traición mato a Merlín. Ella, le juró la muerte y lo persiguió hasta la locura, pues su castigo comenzó cuando arrojó el cadáver por un precipicio al que le seguía su alma. Melquiades, en cambio, se dedicó a la química con tal de revivir la llama de su amor.
Lloraba y se dolía por las noches, sin poder dormir por las lágrimas de su almohada, que se filtraban en la bolsa del rencor. A Laura Farina le esperaban muchas noches como aquellas, cierto es que deseo a otros, pero nunca tanto como a él.
En una de esas puestas de sol, mientras se enroscaba sobre los mantos de su pasado en cualquier hostal de Singapur, los aires de infravaloración le llevaron nuevas sobre Melquiades. Un contacto suyo, senador, estaría usando su magia con tal de impresionar a los autóctonos de aquel lugar, Rosal Del Virrey. Un pueblo que de día parecía estar construido con la árida arena de su suelo, pues los cuervos lo evitaban por miedo a cocerse. Mientras que por la noche, se vestía con la corrupción y el fino rocío de la luna, como una flor que conserva su piel hasta la primavera.
Dejó Singapur por siempre, sin dar importancia a los orientales paisajes de China. Voló hasta aquel lugar y allí se quedó, esperando a la muerte de aquel contacto porque jamás tuvo lo que quiso. Aquel hombre, por el que sintió compasión ya que se regodeaba en tener el conocimiento de la fecha de su muerte. Ella se la hubiera dado de buena gana si no lo hubiera hecho la naturaleza, pues su empatía le colgaba al hombre de los pulmones y con una simple señal los ahogaría. Eso quería ella, tener en los labios la fecha de su muerte con tal de que su dolor se lo llevase el aire. El hombre no dijo nada, se llevó el secreto a la tumba mientras podía escuchar la voz de aquella mujer que lo acariciaba, una voz que terminó convirtiéndose en su particular himno.

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