VENGANZA SIN
MUERTE
A Laura
Farina le quedaba una eternidad para seguir doliéndose por el cuchillazo
atestado.
Una mujer
que nunca nació porque siempre había existido. Una mujer que vio morir a tantos
maridos que ya no lloraba, solo se le fundían por la fría melancolía. Se
arrepentiría por siempre, pues la única flor que pudo ver le costaría la
pérdida de un rastro milenario.
Laura Farina
siempre fue la típica mujer que no decía lo que sentía, pues solo lo hacía
cuando no quería hacerlo, pues siempre intento arrancarse el corazón a
mordiscos pero se dio cuenta de que aquello le dolía. Hasta que hubo un momento
de su vida en el que ese corazón le fue útil por darle armas contra el muro de
la vida. Dicese, que de su historia, solo contaba las mejores anécdotas, sobre
todo las que provocaba entre sus esclavos. Pero seguro que jamás hubo alguna
batalla similar a la que mantuvieron Merlín y Melquiades, la cual ganaría al
que le creciesen más altas y más fuertes las palmeras de sus huertos. Por supuesto,
Melquiades, entrenado en más de una batalla similar supo que ya tenía perdida
su particular batalla con Laura, y a traición mato a Merlín. Ella, le juró la
muerte y lo persiguió hasta la locura, pues su castigo comenzó cuando arrojó el
cadáver por un precipicio al que le seguía su alma. Melquiades, en cambio, se
dedicó a la química con tal de revivir la llama de su amor.
Lloraba y se
dolía por las noches, sin poder dormir por las lágrimas de su almohada, que se
filtraban en la bolsa del rencor. A Laura Farina le esperaban muchas noches
como aquellas, cierto es que deseo a otros, pero nunca tanto como a él.
En una de
esas puestas de sol, mientras se enroscaba sobre los mantos de su pasado en
cualquier hostal de Singapur, los aires de infravaloración le llevaron nuevas
sobre Melquiades. Un contacto suyo, senador, estaría usando su magia con tal de
impresionar a los autóctonos de aquel lugar, Rosal Del Virrey. Un pueblo que de
día parecía estar construido con la árida arena de su suelo, pues los cuervos lo
evitaban por miedo a cocerse. Mientras que por la noche, se vestía con la
corrupción y el fino rocío de la luna, como una flor que conserva su piel hasta
la primavera.
Dejó
Singapur por siempre, sin dar importancia a los orientales paisajes de China.
Voló hasta aquel lugar y allí se quedó, esperando a la muerte de aquel contacto
porque jamás tuvo lo que quiso. Aquel hombre, por el que sintió compasión ya
que se regodeaba en tener el conocimiento de la fecha de su muerte. Ella se la
hubiera dado de buena gana si no lo hubiera hecho la naturaleza, pues su
empatía le colgaba al hombre de los pulmones y con una simple señal los
ahogaría. Eso quería ella, tener en los labios la fecha de su muerte con tal de
que su dolor se lo llevase el aire. El hombre no dijo nada, se llevó el secreto
a la tumba mientras podía escuchar la voz de aquella mujer que lo acariciaba,
una voz que terminó convirtiéndose en su particular himno.
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