No sabía como pero no se encontraba, estaba sólo, perdido en
esa ciudad amurallada. Aquel ingenio que
antaño le acompañaba, que le ofrecía auxilio si así lo demandaba ya no estaba,
desapareció. Lo sustituía esa habitual angustia, esa ya más que probada
sensación de fracaso, cosa que tanto temía repetir Y se ahogaba en ese miedo. Deambulaba
por las calles, rozando su palma con aquellas terribles fachadas, tan abruptas
y tan frías, sin mayor consuelo que tener que mediar con el castigo de la
soledad en su mente. Miraba la corona de los edificios, como si ellos fueran a
ayudarle “No, no lo harán, deja de mirarlos, déjalos “. No sabe muy bien lo que
buscaba, tal vez una salida, tal vez una solución, no lo sabía. Debía caminar,
pues aquellas nubes negras le pesaban, de un momento a otro llovería y debía
encontrar un refugio para resguardarse. La paciencia le acompañaba, le carcomía
despacio llevándoselo a su terreno, donde allí, podrá transformarse en
desesperación y lo devorará a su gusto. Pero a cada paso le respondía el
siguiente porque aprendió de la peor de las maneras que el mejor de los caminos
es el de luchar contra la suerte.
La hipocresía de aquellos escaparates jugaba en su contra,
pues tenía que seguir atravesando calles y avenidas. Dobló una esquina y se
permitió mirar atrás por ver que dejaba olvidado, pero al mismo tiempo que
ejecutaba esta acción, uno de los edificios de esa misma calle reventó por las
ventanas convirtiendo miles y miles de vidrieras en una simple llovizna de
verano, sus muros, se abombaron hacia fuera tanto como pudieron hasta que reventaron
y con un simple pero atronador estallido, cayó el último de los pisos, aquel
que se permitía discutir con el sol cuando se dejaba ver, tras él, cayó el piso
sucesivo y así sucesivamente, replicando al suelo el pecado de su altura con
cada choque que se esforzaba en imitar la colisión de dos trenes. El edificio
se derrumbó sobre sus propios cimientos, acumulando así su propio peso en
ellos, y de esta manera consiguió desmoronarlos cavando su propia tumba en una
considerable sima subterránea.
El resto de los edificios ni se inmutaron, al igual que la
gente que pasaba por allí, como si ellos no hubiesen visto nada o simplemente
querían ser indiferentes por un motivo u otro. Nuestro protagonista, ahora
estaba asustado, se sentía dotado de un letal poder, capaz de destruir
cualquier cosa, pero él, nunca lo quiso así. Y comenzó a llover. Una lluvia
fuerte, intensa y furiosa, las calles fueron pasto de las miles de tumbas de
las gotas, que después actuaron a modo de desfiladero. Él encontró refugio a
diferencia de la lluvia, en un patio de cualquier edificio. Y allí esperó a que
la lluvia cesase mientras las calles se hacían y lo atrapaban, mientras el frío
mármol en el que estaba apoyado le combatía. Y allí esperó, sin importar quien
fue o qué podría ser, simplemente estaba perdido, atragantado en la vorágine de
asfalto y cemento tintado que adquiría una forma vertical ante sus ojos y un
gusto amargo de derrota en el paladar.
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