Dialogo para uno ( segunda parte )
Fue una deliciosa noche, pero por la mañana, aquel guardia,
al que soñé descuartizar y hacerle gritar hasta la locura me sacó de mi
insuficiente habitáculo.
Y ahí estaba yo, otra vez en el interrogatorio, con ese
odioso guardia y la joven inspectora. Una mujer que con no más de treinta años
y una hija ya tenía una buena consolidación en la comisaria. Allí estaba ella,
tomando su rutinario café, ya que una hija de cinco años aún sigue teniendo
fuertes pesadillas, no obstante, ayer noche la responsabilidad de la niña
recaía en su exmarido borracho.
Me nombran una serie de crímenes que yo cometí y que en mi memoria cometo cada día, entre
esas raquíticas cuatro paredes. Solo escucho gritos dolor y auxilio, pero en
ese momento mi cuchillo prende de fuego su sangre y su corazón se para.
Tengo que seguir respondiendo preguntas estúpidas,
desencaminadas, pero es divertido enredar a esos ilusos en el misterio de mis
palabras.
Me preguntan el caso de la muerte de una mujer. Alejandra
Capril, una joven estudiante que vino a mi casa para hacerme una entrevista. No
aguantó mi mirada, menos aun cuando observó mis dientes.
Seguían haciéndome preguntas estúpidas. Me gustaba ver como
perdían el tiempo hablando conmigo. Ahí estaban ellos, toda la oficina de
policía llevaba una semana sin dormir, desde que me arrestaron, todos con
ojeras y de mal humor, mientras yo dormía caliente a la vez que conseguía
escaparme. Aunque ninguno de esos pobres ilusos conocía el resultado de mi última
obra final, aquella por la que vine al mundo.
La mujer se va, sabe que algo va mal, lo veo en sus ojos. Se
va a vomitar, que pena, hoy hemos hablado poco.
El hombre se queda, me pega una paliza, una de tantas más.
Me lleva a la celda y me vuelve a pegar otra paliza, será
que ese guardia necesitaba desahogarse porque había descubierto, tal vez ya,
que su mujer le era infiel, que uno de esos jóvenes a los que apalizaba en las
manifestaciones era su hijo, o que simplemente me pegaba porque era una bestia
capaz de quitarle los nervios uno a uno con las manos. Aun así, mi pecho
escucha los gritos de rencor que no desembocaban en ningún oído. Ten paciencia
pues estas esposas empiezan a aflojarse.
Mientras tanto, me deleito en el recuerdo de la aventura de
anoche, cuando me escape. Dado que salí en busca de una niña, hija de un
borracho divorciado. Ahora atrapada en una jaula, con las cuencas de los ojos
ahora descafeinadas.
Escuche desde mi celda los gritos de esa madre, que gritaba
porque ese café no paraba de mirarla.
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