martes, 2 de abril de 2013


Dialogo para uno ( segunda parte )
Fue una deliciosa noche, pero por la mañana, aquel guardia, al que soñé descuartizar y hacerle gritar hasta la locura me sacó de mi insuficiente habitáculo.
Y ahí estaba yo, otra vez en el interrogatorio, con ese odioso guardia y la joven inspectora. Una mujer que con no más de treinta años y una hija ya tenía una buena consolidación en la comisaria. Allí estaba ella, tomando su rutinario café, ya que una hija de cinco años aún sigue teniendo fuertes pesadillas, no obstante, ayer noche la responsabilidad de la niña recaía en su exmarido borracho.
Me nombran una serie de crímenes que yo cometí  y que en mi memoria cometo cada día, entre esas raquíticas cuatro paredes. Solo escucho gritos dolor y auxilio, pero en ese momento mi cuchillo prende de fuego su sangre y su corazón se para.
Tengo que seguir respondiendo preguntas estúpidas, desencaminadas, pero es divertido enredar a esos ilusos en el misterio de mis palabras.
Me preguntan el caso de la muerte de una mujer. Alejandra Capril, una joven estudiante que vino a mi casa para hacerme una entrevista. No aguantó mi mirada, menos aun cuando observó mis dientes.
Seguían haciéndome preguntas estúpidas. Me gustaba ver como perdían el tiempo hablando conmigo. Ahí estaban ellos, toda la oficina de policía llevaba una semana sin dormir, desde que me arrestaron, todos con ojeras y de mal humor, mientras yo dormía caliente a la vez que conseguía escaparme. Aunque ninguno de esos pobres ilusos conocía el resultado de mi última obra final, aquella por la que vine al mundo.
La mujer se va, sabe que algo va mal, lo veo en sus ojos. Se va a vomitar, que pena, hoy hemos hablado poco.
El hombre se queda, me pega una paliza, una de tantas más.
Me lleva a la celda y me vuelve a pegar otra paliza, será que ese guardia necesitaba desahogarse porque había descubierto, tal vez ya, que su mujer le era infiel, que uno de esos jóvenes a los que apalizaba en las manifestaciones era su hijo, o que simplemente me pegaba porque era una bestia capaz de quitarle los nervios uno a uno con las manos. Aun así, mi pecho escucha los gritos de rencor que no desembocaban en ningún oído. Ten paciencia pues estas esposas empiezan a aflojarse.
Mientras tanto, me deleito en el recuerdo de la aventura de anoche, cuando me escape. Dado que salí en busca de una niña, hija de un borracho divorciado. Ahora atrapada en una jaula, con las cuencas de los ojos ahora descafeinadas.
Escuche desde mi celda los gritos de esa madre, que gritaba porque ese café no paraba de mirarla.

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