Temprano fue el día en el que una despedida suponía más
pérdidas que de por sí origina en los sentimientos que arranca. Todo comenzaba
como un día normal, el despertar del sol se avecinaba tan bello como
ilusionante, los pastos despertaban al escuchar su luz, al igual que las
diversas fachadas, que se preparaban con sus mejores ropas para enseñarlas al
mundo. Un día completamente normal. Avanzaban las horas y el astro calentaba la
tierra como si esta fuese un cadáver. El cristal del cielo dejó de ser
transparente para tener un tono azulado, adornado de nubes. El viento fluía
lento y cálido, ventiscas y fenómenos sobrenaturales parecían quedar aplazados,
las sombras cambiaban de posición con tal de observar mejor a su creador, las
montañas, una vez más, quedaban castigadas con el paso del tiempo por querer
romper el cielo, todas ellas lloraban juntas su dolor en el mismo lugar.
Imágenes de luz y gloria se intuían en el equlibrio del día,
un orden completamente armonioso, tan natural como complicado, tan bello como
casual, y es que la naturaleza juntaba las piezas de su cuerpo por las mañanas
para esconderlas por la noche.
Todo siguió su curso natural hasta que se intuyó la
calamidad y el silencio reino. De los océanos brotó el sonido de la destrucción,
nacido en sus entrañas. El viento dejó de soplar, los árboles estallaron, la
tierra se retorcía y se quebraba al gusto del azar rompiendo montañas y
acantilados. Paredes y cimientos de templos milenarios eran derrumbados por los
mares, la fe y esperanza humanas quedaron sepultadas bajo un alud de roca.
Gritos y más gritos, lamentos y llantos eran la única seña de existencia de
cualquier ser vivo porque la destrucción les devoró los sentidos, rompiéndolos
en sus dientes cual fino cristal. Una imagen de caos monumental.
Pero todo cesó, y el sol, que eclipsaba aquella escena, pudo
observar como las nubes caían con peso muerto sobre el suelo, provocando
continuas explosiones y en consecuencia ráfagas de polvo y humo blanco. Fue
entonces cuando el cielo se separó de la tierra y el horizonte chasqueó como un
látigo que resonó en los abismos del espacio. Al cobrar la bóveda celeste
cierta altura se disipó, y junto con ella la luna y todas las estrellas,
resultando así que todo paisaje quedó sumido en la más sórdida oscuridad, y en
ella se escondió aquella vorágine de sentimientos y realidad, una piedra en
medio de la nada, que terminó atrapada en el olvido de lo inocurrido.
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